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Ayer se acabó el sueño.


Por unas horas fuimos uno solo.Nos abrazamos con desconocidos.Gritamos el mismo gol.Creímos, aunque fuera por un rato, que México podía ganarle al destino. Y luego llegó el silbatazo final. Se apagaron las pantallas.Se guardaron las banderas.Se acabó la fiesta.Y esta mañana despertamos con esa resaca que no se cura con café. Porque el problema no…


Por unas horas fuimos uno solo.
Nos abrazamos con desconocidos.
Gritamos el mismo gol.
Creímos, aunque fuera por un rato, que México podía ganarle al destino.

Y luego llegó el silbatazo final.

Se apagaron las pantallas.
Se guardaron las banderas.
Se acabó la fiesta.
Y esta mañana despertamos con esa resaca que no se cura con café.

Porque el problema no era solo perder un partido.
El problema es volver a abrir los ojos y encontrarnos con el mismo país.

El país de los baches que nadie arregla.
De las calles oscuras.
Del camión que no pasa.
Del miedo que camina junto a las familias.
Del joven que trabaja todo el día y aun así no le alcanza.
De la mamá que sale rezando para volver completa a casa.
Del ciudadano que paga impuestos, pero recibe abandono.

Ayer México soñó unido.
Hoy México despierta dividido, cansado, enojado… pero no derrotado.

Porque lo más triste no es que se haya acabado el Mundial para nosotros.
Lo más triste es que nos acostumbraron a celebrar migajas mientras nos quitan la ciudad completa.

Nos venden fiesta.
Nos venden discursos.
Nos venden esperanza en horario estelar.
Pero afuera de la pantalla sigue la realidad:
la inseguridad, la corrupción, la impunidad, el narco metido en la vida pública, y gobiernos que aprendieron a tomarse fotos mejor de lo que aprendieron a resolver.

Y aun así, aquí seguimos.

Porque México no es su gobierno.
México no es su clase política.
México no es el fracaso de los de arriba.

México es la gente que se levanta temprano.
La que abre su negocio.
La que cruza la ciudad entre hoyos y miedo.
La que cuida a sus hijos.
La que no se rinde aunque tenga razones de sobra.

Ayer se acabó un sueño.
Pero hoy empieza otra pregunta:

¿Vamos a conformarnos con volver a la misma pesadilla?

¿O vamos a exigir, de una vez por todas, un país donde la unión no dure solo noventa minutos?

México merece más que goles.
Merece seguridad.
Merece calles dignas.
Merece gobiernos limpios.
Merece vivir sin miedo.

Porque la patria no se defiende solo cantando el himno en un estadio.

También se defiende señalando a los corruptos.
También se defiende exigiendo resultados.
También se defiende no acostumbrándonos al desastre.

Ayer lloramos por México.

Hoy toca levantar la voz por México.

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